¿Qué es la felicidad? 50 años de investigación sobre la felicidad

¿Qué es lo que realmente hace feliz a la gente? La ciencia tiene algunas respuestas sorprendentes que podrían cambiar para siempre tu percepción de la felicidad.

¿Qué es la felicidad? 50 años de investigación sobre la felicidad

¿Qué es la felicidad? ¿Y por qué parece desaparecer precisamente cuando más la buscamos? Esta pregunta lleva milenios ocupando a la humanidad. Los filósofos la han debatido, los poetas la han cantado y, desde hace unas cinco décadas, la ciencia también intenta llegar al fondo de la cuestión. La denominada investigación sobre la felicidad —también conocida como psicología positiva— ha recopilado durante este tiempo hallazgos notables que podrían dar un vuelco a nuestra concepción cotidiana de la felicidad. Y es que lo que comúnmente consideramos las fuentes de nuestro bienestar a menudo coincide sorprendentemente poco con lo que sugiere la investigación. Este artículo te invita a echar un vistazo juntos a lo que los científicos han descubierto sobre la felicidad, la satisfacción con la vida y el bienestar, y lo que eso podría significar para tu día a día.

¿Qué es la felicidad? Una pregunta con muchas respuestas

La propia pregunta es más complicada de lo que parece a primera vista. ¿Te refieres a la euforia fugaz que se siente tras recibir una buena noticia? ¿A la profunda satisfacción de una velada plena con personas que te importan? ¿O a la tranquila sensación de que tu vida, en general, tiene sentido? La ciencia de la felicidad distingue aquí deliberadamente entre diferentes niveles.

El pionero de la investigación moderna sobre el bienestar, Ed Diener, presentó ya en 1984, en su trabajo fundamental sobre el llamado bienestar subjetivo (Subjective Well-Being), un marco que sigue siendo hoy en día el punto de partida. Diener (1984) describió el bienestar como una interacción de tres elementos: sentimientos positivos frecuentes, sentimientos negativos poco frecuentes y una valoración personal de la propia satisfacción con la vida. Esta distinción es importante, ya que muestra que la felicidad no es simplemente la ausencia de tristeza, ni tampoco una mera sucesión de momentos agradables.

Algunas personas experimentan una profunda satisfacción, aunque su día a día esté lleno de dificultades y retos. Otras, en cambio, hablan de una inquietante sensación de vacío interior a pesar de unas circunstancias externas aparentemente ideales. Esto apunta a que la felicidad depende quizá menos de las circunstancias de la vida de lo que intuitivamente suponemos, una idea que para muchas personas puede resultar tanto inquietante como liberadora.

Una persona se sienta pensativa en la naturaleza y reflexiona

El modelo de la tarta de la felicidad: ¿en qué medida podemos influir nosotros mismos?

Una de las conclusiones más citadas de la investigación sobre la felicidad proviene de la psicóloga Sonja Lyubomirsky. Lyubomirsky (2005) desarrolló, junto con sus colegas, un modelo que desde entonces se conoce con el nombre de «Happiness Pie», es decir, el modelo del pastel de la felicidad. Describe cómo podría componerse aproximadamente nuestro bienestar subjetivo:

Estas cifras son aproximadas y son objeto de debate en la investigación; no deben interpretarse como una verdad absoluta. No obstante, el modelo apunta a algo alentador: una parte considerable de nuestro bienestar podría estar dentro de nuestra propia esfera de influencia. Algunas personas ven en esta idea una invitación a reorientar su propia actitud, sus propios hábitos y su propia atención, sin sentir la presión de «tener que ser felices» constantemente.

PERMA: lo que podría caracterizar una vida plena

Uno de los nombres más conocidos de la psicología positiva es Martin Seligman. En su libro Flourish, publicado en 2011, Seligman (2011) describió un modelo de florecimiento humano que va mucho más allá de la mera experiencia de la alegría. Lo denominó el modelo PERMA, y podría ser una guía útil a la hora de preguntarse qué es lo que constituye una vida verdaderamente plena.

PERMA significa:

Seligman (2011) sugirió que el bienestar no es un estado aislado, sino una interacción de estas cinco dimensiones. No es necesario que todas las dimensiones estén satisfechas en la misma medida, y algunas personas, por naturaleza, dan prioridad a otras áreas. El modelo invita más a la autorreflexión que a la optimización: ¿qué podría estar faltando en mi vida en este momento? ¿A qué dimensión le he prestado poca atención últimamente?

Idea clave de la investigación sobre la felicidad Seligman (2011) describió el bienestar no como un estado fijo que se alcanza y luego se mantiene, sino como algo vivo que hay que alimentar, vivir y redescubrir constantemente. La felicidad podría ser menos un objetivo que una forma de vivir.

La diferencia entre la felicidad vivida y la recordada

Uno de los hallazgos más fascinantes —y, para muchos, inicialmente confusos— de la ciencia de la felicidad proviene del premio Nobel Daniel Kahneman. Kahneman (2010) distinguió entre dos formas diferentes de experimentar y evaluar la felicidad: el yo que experimenta y el yo que recuerda.

El yo viviente percibe lo que está sucediendo en el momento presente, segundo a segundo, hora a hora. El yo recordador, por el contrario, evalúa las experiencias a posteriori y nos cuenta lo bonito o lo difícil que «fue» algo. Lo interesante es que estas dos instancias suelen llegar a juicios muy diferentes.

Kahneman (2010) demostró que el yo recordador se ve fuertemente influido por el final de una experiencia y por su clímax emocional, y no por su duración total. Un viaje largo con un bonito último día puede quedar mejor en la memoria que un viaje más corto que terminó de forma un poco sosa, aunque el disfrute total experimentado fuera quizás diferente. Esta constatación podría invitarnos a distinguir de forma más consciente: ¿se trata de vivir realmente un momento, o de poder contar una bonita historia sobre él? Ambas cosas tienen su valor, y a algunas personas les resulta útil plantearse esta pregunta de vez en cuando.

En cuanto a la satisfacción personal con la vida, esto también significa que nuestra valoración retrospectiva de nuestra vida puede depender en gran medida de cómo contamos nuestra historia, y no solo de lo que realmente ocurrió.

Dos personas se ríen a carcajadas: la conexión como fuente de bienestar
Los investigadores consideran que los vínculos profundos con otras personas son una de las fuentes más importantes de satisfacción vital.

Lo que realmente nos hace felices: el estudio de Harvard a lo largo de toda la vida

Si hay un estudio científico que ha marcado de forma duradera el campo de la investigación sobre la felicidad, ese es sin duda el Estudio de Harvard sobre el Desarrollo en la Edad Adulta, uno de los estudios longitudinales más largos del mundo, que se lleva a cabo desde finales de la década de 1930 y que ha seguido la vida de más de 700 hombres y, posteriormente, también la de sus familias.

Robert Waldinger y su equipo publicaron en 2023 un resumen exhaustivo de este trabajo de investigación. La conclusión principal a la que llegaron Waldinger (2023) y sus colegas suena casi simple, pero es profunda: es sobre todo la calidad de nuestras relaciones lo que podría estar relacionado con una vida larga, saludable y que se vive como plena. No la riqueza, ni la fama, ni el éxito profesional.

Las personas que afirmaban vivir en relaciones sólidas y cálidas informaron de un mayor bienestar a lo largo de décadas, y en algunos casos también mostraron beneficios físicos en la vejez. Waldinger (2023) subrayó al respecto: no se trata de tener el mayor número posible de contactos, sino de la profundidad y la fiabilidad de los vínculos. La soledad, por el contrario, podría tener un efecto tan perjudicial sobre el bienestar subjetivo y la salud como otros factores de riesgo conocidos, aunque, por supuesto, esto no sustituye al asesoramiento profesional individual.

Lo que este hallazgo podría significar: el tiempo que invertimos en las relaciones —ya sea con parejas, amigos, familiares o la comunidad— podría ser una de las formas más eficaces de cuidar nuestra vida de las que disponemos.

Una pareja de ancianos pasea por un parque al atardecer: conexión y satisfacción vital

La adaptación: por qué se nos escapa la felicidad, y por qué es normal

Quien se adentra en la investigación sobre la felicidad se topa inevitablemente con un fenómeno que los psicólogos denominan «adaptación hedonista», a veces descrito también como la «cinta de correr hedonista». Se refiere a la capacidad humana —o quizá también a la tendencia— de adaptarnos rápidamente a los cambios en nuestra vida, tanto a los positivos como a los negativos.

Un coche nuevo, un piso más grande, un ascenso: al principio pueden provocar una auténtica alegría. Pero al cabo de unas semanas o meses se convierten en la nueva normalidad. La experiencia de la felicidad suele volver a estabilizarse en un nivel similar al anterior. Lyubomirsky (2005) ha señalado este mecanismo para explicar por qué las circunstancias externas pueden contribuir menos de lo que esperamos a nuestra satisfacción vital duradera.

A primera vista, esto suena desalentador, y para algunas personas puede serlo. Al mismo tiempo, apunta a algo interesante: tal vez lo que cuenta no sea tanto la magnitud del acontecimiento como la forma en que estamos presentes en la vida cotidiana y en qué centramos nuestra atención. Las pequeñas fuentes regulares de alegría y significado —una conversación que realmente nos conmueve, un paseo al atardecer, un momento de conexión auténtica— podrían contribuir a largo plazo más a nuestro bienestar que los grandes acontecimientos esporádicos que tan a menudo esperamos.

¿Son lo mismo la felicidad y la satisfacción con la vida?

En el lenguaje cotidiano, la felicidad y la satisfacción con la vida suelen utilizarse como sinónimos. Sin embargo, en la investigación se suele hacer una distinción cuidadosa entre ambos conceptos. Diener (1984), en su trabajo sobre el bienestar subjetivo, señaló que la satisfacción con la vida es más bien una valoración cognitiva, una especie de balance que hacemos de nuestra vida: «¿Mi vida se ajusta a mis expectativas? ¿Estoy satisfecho con lo que he logrado?»

La felicidad, en sentido estricto, se refiere más bien al plano emocional: la frecuencia e intensidad con que experimentamos sentimientos positivos. Ambas dimensiones pueden influirse mutuamente, pero no tienen por qué ir de la mano. Hay personas que declaran tener una alta satisfacción con la vida, aunque su día a día sea emocionalmente bastante tranquilo. Y, a la inversa, algunas personas pueden experimentar una alegría intensa, pero al mismo tiempo tener la sensación de que su vida no va en la dirección que realmente les corresponde.

Esta distinción puede invitarnos a observar nuestro mundo interior de una manera algo más diferenciada: ¿busco ahora más momentos positivos en el día a día? ¿O busco más bien un sentido más profundo de significado y coherencia? A algunas personas les resulta esclarecedor plantearse ambas preguntas por separado.

Lo que sugiere la investigación sobre los hábitos que favorecen la felicidad

Si, según el modelo de Lyubomirsky (2005), alrededor del 40 % de nuestro bienestar podría verse influido por nuestras propias acciones y formas de pensar, surge naturalmente la pregunta: ¿qué hábitos podrían influir en ello?

La investigación apunta a algunos ámbitos que podrían ser relevantes para muchas personas, sin que exista una receta universal:

Es importante tener en cuenta que ninguno de estos hábitos funciona como un interruptor que se acciona. Más bien podrían ser como semillas que crecen con el tiempo —a veces lentamente, a veces de forma inesperada—. Y en ningún caso sustituyen el acompañamiento de profesionales cuando la vida se hace demasiado pesada para llevarla a cuestas en solitario.

La felicidad no es un estado permanente, y quizá eso sea una buena noticia

Quizás una de las conclusiones más liberadoras de cinco décadas de investigación sobre la felicidad sea esta: la felicidad no es un estado que se alcanza una vez y se mantiene para siempre. Es más bien como respirar: algo que va y viene, que hay que cuidar y que cambia según la etapa de la vida en la que uno se encuentre.

Kahneman (2010), con su distinción entre el yo que experimenta y el yo que recuerda, ha demostrado lo subjetiva y construida que puede ser nuestra percepción de la felicidad. Seligman (2011) ha sugerido que el florecimiento no radica en la ausencia de dificultades, sino en la presencia de recursos internos y externos sólidos. Y Waldinger (2023) ha ilustrado de manera contundente que la conexión humana auténtica es posiblemente lo que más cuenta, más allá de todas las edades, culturas y circunstancias vitales.

¿Qué podría significar esto para ti? Quizás que vale la pena no responder a la pregunta «¿Qué es la felicidad?» de una vez por todas, sino planteársela una y otra vez. Con curiosidad, con apertura, sin presión.

Porque hay quien cree que esta pregunta por sí sola —formulada con atención y meditada con sinceridad— ya puede poner algo en marcha.

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¿Qué entiende la ciencia por felicidad?

En la investigación psicológica, la felicidad suele describirse como bienestar subjetivo, un concepto que Ed Diener definió fundamentalmente en 1984. En consecuencia, abarca tanto el nivel emocional (sentimientos positivos frecuentes y negativos infrecuentes) como un componente cognitivo: la evaluación personal de si la propia vida satisface las propias expectativas. En este sentido, la felicidad no es un estado objetivo, sino una experiencia profundamente personal que puede variar de una persona a otra.

¿En qué medida podemos influir nosotros mismos en nuestra felicidad?

El muy citado modelo de Lyubomirsky (2005) sugiere que alrededor del 40% de nuestro bienestar subjetivo podría estar determinado por nuestros propios pensamientos, acciones y hábitos, mientras que alrededor del 50% podría deberse a la genética y alrededor del 10% a circunstancias externas. Estas cifras son valores aproximados que se debaten en la investigación y no deben tomarse como una fórmula fija. Sin embargo, indican que nuestro propio margen de maniobra puede ser mayor de lo que suponemos.

Según los estudios, ¿cuáles son las fuentes más importantes de satisfacción vital?

El estudio de Harvard realizado por Waldinger (2023) sugiere que la calidad de nuestras relaciones podría ser uno de los factores más importantes para el bienestar a largo plazo. Seligman (2011) añadió otras dimensiones con su modelo PERMA: sentimientos positivos, compromiso, significado, conectividad y experiencia de autoeficacia. La investigación sugiere que rara vez es una única fuente, sino más bien una interacción de varios factores que pueden contribuir a una vida que se experimenta como satisfactoria.

¿Por qué más dinero no te hace automáticamente más feliz?

Este fenómeno puede explicarse en parte por la adaptación hedonista: Las personas se adaptan rápidamente a las nuevas circunstancias de la vida -incluso a las positivas-, de modo que el efecto inicial de felicidad suele desvanecerse. Lyubomirsky (2005) señaló que las circunstancias externas, como los ingresos o las posesiones, pueden desempeñar sólo un pequeño papel en nuestro bienestar a largo plazo. Esto no significa que la seguridad económica carezca de importancia, pero por sí sola no puede crear una sensación de felicidad duradera.

¿Cuál es la diferencia entre el yo que experimenta y el que recuerda?

Esta distinción se remonta a Daniel Kahneman (2010). El yo experimentador percibe lo que ocurre en el momento presente. El yo que recuerda evalúa las experiencias retrospectivamente, y el final y el clímax emocional de una experiencia desempeñan aquí un papel importante, no su duración total. Esto puede hacer que nuestro recuerdo de experiencias pasadas difiera mucho de lo que realmente experimentamos en cada momento.

¿Puede entrenarse o aprenderse la felicidad?

La investigación sugiere que ciertos hábitos y actitudes pueden favorecer el bienestar subjetivo a lo largo del tiempo, como cultivar conscientemente la gratitud, fomentar relaciones significativas o buscar actividades que permitan comprometerse y fluir. Que estas prácticas funcionen, y en qué medida, puede variar de una persona a otra. No son ninguna garantía ni sustituyen al apoyo profesional en caso de estrés grave, pero para muchas personas pueden ser un punto de partida útil para ocuparse más conscientemente de su propio bienestar.

Una sugerencia para ti: quizá te apetezca dedicar esta noche —o cuando te parezca más adecuado— cinco minutos a anotar tres momentos de la semana pasada en los que te hayas sentido realmente conectado, lleno de vida o agradecido. No para completar un ejercicio, sino para acercarte un poquito más a tu propio mapa interior del bienestar. Lo que descubras al hacerlo podría sorprenderte.